Nunca fue castilla de buenos hombres vacia
Nunca fue Castilla de buenos hombres vacía
Hay frases que no envejecen. Palabras que, aunque nacidas hace siglos, siguen resonando con fuerza en el presente. «Nunca fue Castilla de buenos hombres vacía» es una de ellas. No es solo un verso medieval ni una cita literaria: es una afirmación que explica una forma de estar en el mundo, una manera de habitar la tierra y de entender la vida.
Quien recorre Castilla y León, especialmente sus provincias más despobladas como Soria, entiende pronto que esta frase no habla de números. Habla de carácter. De personas. De memoria.
El verso que define una tierra
El origen de esta expresión se encuentra en el Poema de Fernán González, una obra épica del siglo XIII que relata las gestas del conde considerado fundador de la Castilla histórica. En sus versos se construye una idea poderosa: Castilla puede ser dura, áspera, exigente, pero nunca careció de hombres buenos.
En la Edad Media, cuando la frontera era inestable y la vida dependía del esfuerzo diario, esta afirmación tenía un peso real. Castilla era tierra de repoblación, de defensa y de trabajo constante. No cualquiera se quedaba. Permanecían quienes sabían resistir.
Castilla y la dureza del paisaje
El paisaje castellano no es complaciente. Mesetas abiertas, inviernos largos, veranos secos, pueblos separados por kilómetros de silencio. Esta geografía ha moldeado a sus habitantes durante siglos. Aquí no sobraba nada, pero tampoco faltaba lo esencial: la dignidad.
Por eso la frase adquiere sentido cuando se camina por pueblos medievales, cuando se atraviesan carreteras solitarias o se entra en lugares como Calatañazor. Allí, entre piedra, historia y viento, uno entiende que Castilla nunca fue una tierra fácil, pero sí una tierra firme.
Buenos hombres: una cuestión de valores
¿Qué significa realmente “buenos hombres”? No se trata de héroes épicos ni de grandes nombres escritos en los libros de historia. Se habla de personas íntegras, de palabra, de quienes sostuvieron los pueblos, los campos y las familias generación tras generación.
La bondad a la que alude el verso es una bondad sobria: trabajar sin alardes, cumplir lo prometido, resistir cuando no hay aplausos. Castilla se construyó así, desde abajo, sin ruido, con una ética clara y directa.
Despoblación y lectura contemporánea
Hoy, cuando se habla de la España vaciada, muchos miran a Castilla solo desde las cifras. Pueblos con pocos habitantes, escuelas cerradas, servicios mínimos. Sin embargo, la frase «Nunca fue Castilla de buenos hombres vacía» actúa como una respuesta serena frente a esa mirada simplista.
Castilla puede estar menos habitada, pero no está vacía de significado. Cada persona que permanece, cada pueblo que resiste, cada tradición que se mantiene viva es prueba de ello. La esencia no se mide en estadísticas.
La identidad castellana en el presente
Lejos de ser una frase anclada en el pasado, este verso se ha convertido en una reivindicación cultural. Aparece en carteles de piedra, en entradas de pueblos, en textos, en conversaciones. Es una manera de decir: seguimos aquí.
No como nostalgia, sino como continuidad. Castilla no necesita reinventarse para existir. Su fuerza está en la permanencia, en la memoria compartida y en la relación profunda entre tierra y personas.
Caminar Castilla para entenderla
Solo recorriendo Castilla con tiempo se comprende el peso real de estas palabras. Caminando sin prisa, escuchando el silencio, hablando con quienes aún habitan estos lugares. Entonces la frase deja de ser literatura y se convierte en experiencia.
Porque Castilla no fue, ni es, una tierra vacía de buenos hombres. Es una tierra exigente que selecciona, que moldea y que deja huella en quien la entiende.
«Nunca fue Castilla de buenos hombres vacía» sigue siendo, hoy, una verdad escrita en el paisaje.
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